Me desperté como todas las mañanas a la misma hora, me duché, me vestí, desayuné y como otro día cualquiera salí corriendo hacía el Instituto. Allí pasaba la mayor parte de mi tiempo, pero en el trayecto de casa a clase fui consciente de todo lo que me rodeaba, de lo rápido que se mueve el mundo. Y es que, por primera vez, fui consciente de que no paramos de correr de un lado a otro todo el tiempo, no paramos de correr para ir a cualquier lado, y por primera vez me sentí agobiada, con tanta gente corriendo sin sentido. Y entonces, de repente, me vino a la cabeza: parecíamos recién sacados del cuento de Alicia en el País de las Maravillas, todo el rato persiguiendo al tiempo, haciendo las cosas a contrarreloj, y este que se nos escapaba de las manos, huyendo de nosotros como el conejo huía de Alicia.
Esa mañana transcurrió como otra cualquiera, la misma rutinaria vida de siempre, pero el tiempo iba pasando, y sin darme cuenta, ya era la hora de irme, así que recogí mis cosas y me marché a casa. Fue entonces cuando llegué y me encontré con una situación que iba a cambiar mi vida por completo: una de mis amigas de la infancia estaba en el porche de mi casa llorando, rota de dolor y desconsolada. Al verla, me quedé paralizada, y sabía que algo no iba bien. Traté de tranquilizarla y la invité a pasar dentro, le ofrecí un vaso de agua y la acomodé en el sillón. Cuando, por fin, consiguió articular palabra y entendí lo que trataba de decirme, la que se quedó sin palabras fui yo.
