Marco, ya decidido, fue en su busca. Cogió la chaqueta y salió de casa. Se sabía el camino a la casa de Elizabeth perfectamente: cruzó el paso de peatones, giró a la derecha, dos a la izquierda y cuando y estaba en la puerta, paró, miró el timbre, suspiró, y finalmente, llamó. Inesperadamente, abrió la señora Linch.
Marco preguntó si estaba Elizabeth y la señora le contestó que no, que su hija había ido a la biblioteca con un compañero de clase, cuyo nombre le era desconocido. Marco se despidió y se marchó, dirección a la biblioteca. Diez minutos después, ya estaba allí. No estaba seguro de si debería hacerlo, pero no podía aguantar dos años más sin que Elizabeth conociera la verdad. Entró y comenzó a buscarla. La encontró en el primer piso, con Mary, una amiga. Un suspiro de alivio se le escapó al saber que la persona con la que había ido no podría causar ningún problema entre ellos. Se acercó.
-Elizabeth -la llamó en susurros Marco, cuando ya estaba tras ella. Ella se giró y con una sonrisa le dijo:
-Hola Marco. ¡Qué sorpresa! ¿Qué querías?
-¿Podemos hablar a solas?
Ella se levantó y le acompañó fuera. Le siguió hasta un banco, donde se sentaron los dos.