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martes, 30 de abril de 2024

'CHARLOTTE COLLINS': PRIMER PREMIO CONCURSO DE RELATO DÍA DEL LIBRO (3º Y 4º DE ESO)




Rebeca Abril Santos
(4ºA ESO).

Primer premio en el Concurso de Relato.

Modalidad de alumnos de 3º y 4º ESO.



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CHARLOTTE COLLINS



No he vuelto a acercarme al mar desde aquella noche.

No he podido.

Mis recuerdos son confusos, turbulentos, en cuanto me acerco a esa fecha fatal, pero sé que fue una noche oscura y tormentosa de septiembre, inusualmente fría. Recuerdo el viento gélido y cortante que azotaba las calles del pueblo, un viento más frío de lo que era habitual en aquella localidad costera, lugar que no he vuelto a pisar. No desde aquella noche.

Desconozco la fecha exacta. Quizá no importe. Pero lo que sé con certeza es que esa noche fue cuando mi amada, mi adorada Emily, nos dejó a mí y a este mundo en tinieblas para elevarse hacia una luz hermosa y terrible, que anhelo a la vez que temo.

Esa noche habría de morir la única mujer que he amado. Mi esposa.

La enfermedad de Emily fue larga y dolorosa. Delirios, fiebres y episodios en los que sus gritos competían por arrancarme el alma, y evocaban la cruel promesa de que, dentro de poco, mi Emily me abandonaría. Pobre de mí, solo y aquejado de aquellos episodios que solo Emily entendía.

Loco, perturbado, decían de mí. Cuando mis ojos se cerraban y solo veía aquellos cuadros espantosos, pero más vívidos que la realidad. Cuando esas visiones me obligaban a tomar la pluma y trasladar al papel de pentagramas mi tormento. Cuando pasaba días y días encerrado en mi alcoba, indiferente al movimiento del sol y la luna, solo preocupado por garabatear notas y más notas. Y cuando, al fin terminado el arrebato de creación que me había poseído, al fin completa mi sonata o sinfonía de turno, mi alma parecía vacía y me dolía la cabeza por escuchar fragmentos de melodías, ya escritas, sin orden ni concierto… Entonces solo Emily comprendía. Solo ella y yo contra el mundo.

Rebelde. Genio o loco. ¿Quién sabe? Yo, desde luego, solo conozco una verdad que pueda calificar de absoluta y esa es que, aunque aquella noche vaga por mi mente como salida de un sueño, sigue siendo más real para mí que mi vida entera.

Era ya pasada la medianoche, y yo llevaba horas, tal vez días, deambulando ente las calles de piedra de aquel pueblo costero, viejas y desiertas, cubiertas de polvo. Mi estado de ánimo era ciertamente melancólico, nervioso, fruto de aquellas semanas en las que solo podía ver a Emily delirar y sufrir infinitamente; sirva esta circunstancia para explicar cómo, sin yo quererlo, me encontré de pronto en la playa, con los zapatos manchados de arena, mirando sin verlo el amplio mar, tan ancho como vacío para mis ojos.

Nunca, ni siquiera antes de esa hora aciaga, me ha gustado el mar. Desde que puedo recordar, ha anidado en mi alma un terror profundo, animal, hacia esa inmensidad hipnótica y terrible. Acaso sea un regusto que me ha quedado de alguna leyenda que oyese de niño sobre cómo la atracción que ejercen las sirenas acaba arrastrando al mar a quienes las escuchan – ahora mismo me estremezco solo por escribir estas palabras- y les causa la muerte. Sin embargo, sin que importe la razón, puedo asegurar que, cuando me vi frente al mar aquella noche, un miedo oscuro y sin nombre empezó, poco a poco, a enlazarme y atraparme con sus garras de niebla.

Aún hoy soy incapaz de explicarme por qué me quedé allí, como clavado en la arena, en vez de refugiarme en las calles oscuras de ese pueblo dormido. ¡Ojalá hubiese huido! ¡Ojalá no hubiese presenciado lo que había de acontecer aquella noche! ¡Ojalá pudiese olvidarlo!

Pero no puedo. El fantasma de aquella noche pesa sobre mí. Y así será, hasta que me lleve la muerte, y pueda descansar al fin.

No sé cuánto tiempo permanecí en la playa, simplemente observando el mar. El suave vaivén de las olas, siempre igual, siempre monótono, me adormeció hasta hacerme concebir la esperanza de que todo –la enfermedad de Emily, nuestra estancia en ese pueblo de pescadores que hoy llamo maldito- era un sueño, una pesadilla. Lo que sí sé es que aquello que me despertó de mi letargo fue, sin duda, algo sobrenatural. ¿Cómo explicar, si no, la extraña sensación que me invadió en ese momento, y que nunca antes había sentido, ni he vuelto a sentir después? ¿Cómo explicar que me sentí de pronto bañado por la cálida luz del sol, cuando era noche cerrada y el mar era una balsa toda negra y plateada?

Así es. A pesar de la oscuridad en mí y a mi alrededor, sentí con todo mi ser que una luz dorada y cruel se cernía sobre mí, como presagio de lo que vieran mis ojos apenas un segundo después.

Una mano, blanca como la nieve, perfecta y elegante, surgió de esa masa negra que era el agua y pareció saludarme por un instante.

Lejos de la orilla o tal vez a un metro escaso… No sé dónde la vi, pero la imagen de aquello mano todavía me persigue.

Porque después de la mano fue el cuerpo. Sintiéndome febril, como delirando, vi con maravillosa claridad cómo una silueta emergía de las aguas para luego sumergirse de nuevo en apenas dos segundos. Una piel nívea, una figura bellamente modelada, pero una cola de serpiente y cabellos que parecían algas estropeaban la aparente belleza de la sirena.

Era una sirena, estoy seguro, porque en sus ojos había un hambre y un anhelo que yo solo podía relacionar con una cosa: la mar, cautivadora y hambrienta, que no llamaba con su ruido monótono y su vaivén, y cuya llamada me aterraba desde siempre.

Cuando la sirena empezó a cantar, un mundo nuevo se reveló ante mí. Colores y olores y toda clase de cosas que solo algunas noches, inmerso en mi trabajo, había atisbado como a través del ojo de una cerradura. La música me había hecho experimentar algo parecido, pero el canto de la sirena no puede reproducirse con nuestra música, que s solo un vago reflejo de lo que, en ese momento, hizo que me invadiese un pánico cerval, infinito.

La voz de la sirena siguió resonando, y yo pude entrever, como detrás de una neblina, lo que sería mi salvación (o mi condena): el rostro de mi Emily me miraba desde algún lugar lleno de luz y espuma y remolinos oscuros y estruendosos. ¿Es posible ver algo con el oído? Si es así, no cabe duda de que o vi el rostro de Emily en el canto de la sirena.

En el mismo instante en que distinguí sus ojos, un arrebato de fascinación, terror, locura y quién sabe qué más hizo que perdiese la cabeza y la visión. La sirena desapareció entre olas, y yo… Yo desaparecí en la masa negra del mar, que me llamaba sin descanso.

Me encontraron en la orilla, enredado con las algas que había traído la marea. Acompañado por un marinero que me había salvado al hacerme vomitar el agua que tenía en los pulmones. Dijo que me había visto adentrarme en el mar… y que me había salvado.

Dijeron que habrá sido un «intento de suicidio en un rapto de locura». Cuando me llevaron a casa, fue solo para descubrir que Emily había muero pocos minutos antes.

No he vuelto al mar desde entonces, Tampoco he vuelto a componer.

Porque cuando pienso en el mar, solo veo una tumba negra y silenciosa. Cuando intento escribir música, las melodías me recuerdan al canto hambriento de una sirena. Y cuando pienso en el ruido de las olas, solo oigo el llanto de mi querida Emily. Perdida, arrebatada. Fuera de mi alcance. En algún lugar, adonde van los sueños y los delirios que no me dejan dormir en las noches oscuras.

lunes, 29 de abril de 2024

'CULPABLE': PRIMER PREMIO EN EL CONCURSO DE POESÍA DEL DÍA DEL LIBRO - 1º Y 2º ESO




Sara Tham Delgado Rodríguez (2ºB ESO).


Primer premio en el Concurso de Poesía.

Modalidad de alumnos de 1º y 2º ESO.

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CULPABLE


Cómo se llama este sentimiento,

que hace que suba al cielo por un momento,

que cada vez que te veo me pierdo en tu

mirada y siento un revoloteo dentro de mí

como si tuviera mil mariposas.



Cómo se llama este sentimiento,

que cada vez que te hablo se me traban las

palabras, ni tampoco sé lo que digo.



Cómo se llama este sentimiento,

que hace que cada vez que estoy contigo

siento que estoy en mi lugar de paz.


Cómo se llama este sentimiento,

que hace que mi corazón palpite cada vez

más rápido y descontrolado.


Cómo se llama este sentimiento,

que hace que cada noche sueñe contigo y

piense en una vida juntos en la que el tiempo se congele.


Ya sé cómo se llama este sentimiento,

esto es amor, pero no es amor a primera vista

sino un amor que se ha ido construyendo poco a poco y que

ha sido la culpable de que sienta mil mariposas,

la culpable de que mi corazón se acelere al verte

y la culpable de sueñe contigo.

Pero el amor no es solo el culpable

tú también eres la culpable de que sienta esto,

porque esto es amor y es lo más bonito que he sentido.



Inventaría más palabras, pero la poesía

no me basta si se trata de ti.

'EL ASESINO DEL VALS': ACCÉSIT DEL CONCURSO DE RELATOS DEL DÍA DEL LIBRO 1º Y 2º ESO





Arianna Delgado de Sande 
(2º C ESO).

Accésit en el Concurso de Relatos.

Modalidad de alumnos - 1º y 2º ESO.


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EL ASESINO DEL VALS

La música resonaba en la sala de baile. Era una canción lenta. De un momento para otro, la música cesó, las luces se apagaron y el miedo y la expectación estaban presentes. Al volver la luz, las personas más importantes de ese baile aparecieron asesinadas. El pánico se apoderó de la gente mientras de fondo sonaba un vals…

A Arianna Miller le asignaron el caso. Ella era una mujer de 28 años, pelo largo y ojos verdes, además de ser la detective más destacada de su promoción.

El asesinato ocurrió en la casa de los Rizzo, una familia muy importante, con mucho prestigio y dinero.

Arianna se dirigió hacia su mansión, se hizo pasar por criada y entró. Al entrar se chocó con el hijo, Alexander Rizzo, un hombre de unos 30 años, ojos miel y pelo rubio alborotado.

Arianna pidió disculpas tímidamente y se fue de ahí. Al darse la vuelta para irse notó su mirada. Arianna estuvo encubierto en esa casa durante semanas. En ese tiempo se dio cuenta de muchas cosas: el señor Rizzo se iba todas las noches, cuando se supone que todo el mundo estaba dormido, hasta las 7:00 de la mañana siguiente. La señora nunca se daba cuenta, o eso aparentaba. Y , al parecer, su hijo tenía una especie de interés en ella.

Una semana, a Arianna le llegó una carta de su jefe. Decía que se tenía que dar prisa o, si no, mandarían a otra detective. Esa semana, el señor Rizzo se iba de viaje con su esposa, así que Arianna decidió revisar su cuarto, pero Alexander la pilló.

-¿Qué haces aquí?

-¿Yo? Nada, limpiando, qué otra cosa haría… 

- ¿Y tú qué haces?

-Nada... -Al decir eso, se alejó, la miró a los ojos y se fue.

No encontró nada, No sabía quién podía haber sido. Ese finde había otro baile en la mansión. Arianna supuso que volvería a pasar, pero los señores no estaban. Solo quedaba Alexander como última opción, así que lo vigiló muy de cerca.

Arianna iba como invitada, pues Alexander le insistió bastante.Comenzó a sonar un vals. Alexander comenzó a bailar con ella, hasta que en un momento cesó la música, las luces se apagaron y las muertes comenzaron… 

'LAS OLAS': PRIMER PREMIO CONCURSO DE RELATOS DEL DÍA DEL LIBRO 1º Y 2º ESO




Mencía Alonso Cáceres
(2º G ESO).

Primer premio en el Concurso de Relatos.

Modalidad de alumnos - 1º y 2º ESO.


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LAS OLAS

“Siempre se interpone algo entre nosotros y lo que creemos que es nuestra felicidad.”

El día en el que las olas azotaban el barco, cada uno estaba en una punta de la embarcación. Me desperté con fuertes gritos que expresaban el miedo y angustia que sentían. Corrían y corrían, gritaban, lloraban. El agua nos cubría lentamente, poco a poco.

Me moví y busqué. Y busqué y busqué. Y los minutos pasaban, pero no los medían los segundos, sino el agua que entraba y mojaban nuestros zapatos.

Mis pies se arrastraban con dificultad por ese pedazo de lo que se podría llamar infierno. Un pedazo de algo, cualquier cosa, que siempre se interponía entre nosotros. El agua entra en el barco, o el barco entra en el agua.

“Cuando intentamos irnos de viaje a escondidas y la casa de madera se quemó”. Gritos y más gritos. Mis faldas mojadas. Agua.

“Cuando fuimos de paseo por el bosque, nos sentamos a la sombra de un abeto que el viento tiró y mató al caballo”.

El aire rompe las velas. Ya no hay esperanza, la dejamos en el puerto al partir. Al verle. “Cuando se casó y decidió que su viaje de novios sería en este barco”. Me engañó. Me mintió.

Debería de saber que no siempre los dioses están de tu lado, y él debió aprenderlo hace tiempo.

Suena el “crac” final y veo cómo se hunde. Una extraña sensación se cuela en mi pecho mientras dejo de respirar.

Me engañó.

Me mintió.

Se lo merece.

'SECUOYA': CONCURSO DE RELATOS DÍA DEL LIBRO



África del Valle (2º D Bachillerato)

Primer premio en el Concurso de Relatos.

Modalidad de alumnos - Bachillerato y ciclos formativos.



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SECUOYA


El oleaje era intenso cuando comenzó el retumbar de los cañones. El combate está igualado entre ambos navíos, que rugían eufóricos cuando las pesadas bolas de metal caían sobre la cubierta del adversario. El choque fue inevitable. Decenas de cuerdas apresaron a los gigantes de madera, comenzando el abordaje. Las navajas brillaban entre el pesado ambiente sobrecargado por el olor cenizo de la sangre y la pólvora. El desenlace fue rápido: la carabela había estado huyendo durante varias semanas de la persecución de la nao enemiga, con el viento en su contra y las aguas calmadas; a los marineros solo les quedó encomendar a Dios el cuidado de su familia. Ante la desventaja numérica, la batalla se decantaría a favor de los piratas. No se equivocaron.

Los pocos hombres que habían quedado en pie trataron de saltar de la cubierta, el frío abrazo del mar era mejor destino que quedar atrapado entre el garfio de aquellas ruines y mezquinas sanguijuelas. La maldad de su capitán, Humberto “El cruel”, era bien conocida por todos los mares. Su bandera, una calavera entre las fauces de una horrenda serpiente marina, debía ser evitada si se quería conservar la vida.

Así, se puso a los sobrevivientes en una fila y se les amarró con fuerza al palo mayor del barco. “El cruel” se paseó con parsimonia por la cubierta y escupió con desprecio al capitán de la carabela. Este se revolvía ciego, pues sus ojos verdes rodaban por la madera. Aun así, el capitán pirata no estaba satisfecho. Los marineros, antes del ataque, se habían deshecho de las provisiones y de cualquier objeto de valor. Sus grumetes estaban intranquilos. El alimento se acababa también para la nao.

Umberto “El cruel” sabía que su reinado de temor llegaba a su fin. Pero, cuando el cántico de uno de los marineros derrotados comenzó, cuando la mirada de sus subordinados esqueléticos se clavó en él, desenvainó rabioso el sable y lo hundió entre las entrañas de aquel insolente. Demasiado tarde.

El motín comenzaría unos meses más tarde, cuando el sonido de aquella canción se había desvanecido, cuando el recuerdo de una carabela en llamas volaba con sus cenizas. Pero su significado no. La chispa de la rebelión se había encendido.


CONCURSO DÍA DEL LIBRO: ACCÉSIT CONCURSO POESÍA (A PARTIR DE 3º ESO)




Ángela Hurtado
(2º D Bachillerato).

Accésit en el Concurso de Poesía.

Modalidad de alumnos a partir de 3º ESO.

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BAJO LA LUNA OSCURA

Bajo la luna oscura surcamos el mar,

entre sombras y brumas, sin temor a naufragar.

Somos los corsarios de la noche,

rebeldes sin causa, en búsqueda de derroche.



En cada puerto una historia, un misterio por resolver,

en cada corazón roto, un amor por encontrar.

Somos jóvenes audaces, con ansias de libertad,

navegando en el océano de la eternidad.



El temor nos rodea, en la oscuridad de la noche,

pero el amor nos guía, con su luz, sin reproche.

Entre sables y cañones, luchamos por nuestra verdad,

sin importar las consecuencias, en esta vida sin finalidad.



Enredados en intrigas, como piratas; porque sí,

buscamos el tesoro escondido, en cada rincón perdido.

Somos los protagonistas de nuestra propia leyenda,

con el corazón en llamas, en esta vida sin senda.



Soñamos con horizontes lejanos, más allá del mar,

con amores imposibles, que nos hacen suspirar.

Somos jóvenes rebeldes, con el viento en la cara,

navegando hacia el futuro, sin mirar atrás.

jueves, 18 de mayo de 2023

ACTO DE CONMEMORACIÓN A JOSÉ HIERRO




Por Sofía Morales Santamaría (4ºF ESO).

El miércoles 3 de mayo se celebró un acto conmemorativo en el instituto por el centésimo primer aniversario del nacimiento de José Hierro del Real. En este encuentro, realizado en la biblioteca, se explicó un poco sobre la vida de José Hierro, más conocido como "Pepe" Hierro, y, al final, algunos alumnos y profesores leyeron poemas suyos.

¿Quién es José Hierro? José Hierro del Real (Madrid, 3 de abril de 1922 - ibídem, 21 de diciembre de 2002) o más conocido como Pepe Hierro fue y es uno de los poetas más reconocidos del s. XX, y pertenece a la llamada primera generación de la posguerra dentro de la poesía desarraigada, que para quien no lo sepa es cuando en la poesía se ve reflejada la búsqueda angustiosa por parte del poeta la respuesta al sufrimiento humano. Es autor de muchos poemarios como Tierra sin nosotros (1947), Alegría (1947), Quinta del 42 (1952) o Cuaderno de Nueva York (1998), entre otros. Por ello, fue galardonado con premios muy importantes como el Cervantes, Príncipe de Asturias, Adonais, Nacional de Poesía o la Crítica.

Después de hablar un poco sobre él, alumnos como Lucía Mozo o Carla Gordo leyeron sus poemas: "Canción de cuna para dormir a un preso", de Tierra sin nosotros (1947); "El indiferente", de Alegría (1947); y "Alegría", de Alegría (1947). A continuación de esto, Ismael Alonso, Marian Tirado y Javier Quirós leyeron los poemas "Réquiem", de Cuanto sé de mí (1957); "Lope. La noche. Marta", de Agenda (1991); y "Vida", de Cuaderno de Nueva York (1998).

Finalmente, el acto terminó con una lectura sobre José Hierro realizada por Rafaela Caballero, profesora de lengua y literatura.



jueves, 5 de mayo de 2022

PRIMER PREMIO DE POESÍA 3º, 4º DE ESO; BACHILLERATO Y CICLOS FORMATIVOS

Por Pablo Moreno Santana. 1ºE de Bachillerato.




Planto a la guerra

Al rechinar la hojalata,
cruza parco la llanura,
fruto de un destello escarlata,
una lóbrega figura.
Porta consigo un mensaje,
que está vacuo de esperanza
alegría o coraje;
mas cargado de venganza.
Ningún muchacho lo espera
con ilusión en el gesto,
y a todos desespera
un final tan funesto.
No hay cobijo en Samarra
de su ignoto emisario
y, cual cruel cimitarra,
al pasar, crea un calvario.
Y aquel que lo recibe
no promulga ni una queja.
El dulce joven ya no vive,
y entre lamentos, nos deja.
¿Con qué derecho se creyeron
estos líderes osados?
Que por lo que ellos hicieron
los niños son los afectados.
No deberían nunca verse
en lance ni trifulca,
deberían guarecerse
donde su madre los inculca.
La empresa de su guerra
únicamente es el amor,
no conquistar una tierra
en la que no crece ni una flor.
No usan dagas ni cuchillos,
simplemente las palabras.
Pueden más unos estribillos
que una flota de zabras.
Por ello es tan triste
un conflicto sin sentido
porque todo lo que existe
o perece o ha perecido.
Ojalá algún día entienda,
este grupo de sayones,
que su cruenta contienda
solo rompe corazones.

PRIMER PREMIO DE POESÍA: MODALIDAD DE 1º Y 2º DE ESO

Por Álvaro García Seijas (2ºE de ESO).





Poema inspirado en el verso:
'Será la garra suave.
Dejadme la esperanza'.


El buen perdonar

Odio y rencor había,
más desdicha que inquina,
no pude remendar, pues me cohibía.

Mas no me arrepiento,
pues una cosa es segura,
discrepancia no era,
enemistad, un eufemismo,
más válido llamarlo aversión sería.

Pero como todo en la vida,
las cosas se enfrían,
incluso el ferviente odio.

Perdonado te considero yo,
porque más que un enemigo,
eres un antiguo amigo,
que guardo con cariño,
en mi corazón.

He aquí mi perdón,
hecho de la obsidiana,
que una vez fue lava,
pero que ya se enfrió.

PRIMER PREMIO CONCURSO DE NARRATIVA 1º Y 2º DE ESO

Por Lorena Sánchez. 2ºG de ESO.




EL ÁRBOL DEL ENGAÑO

Llevaba ya muchas horas recorriendo el bosque, pero la noche se acercaba y yo seguía sin encontrar el
camino de vuelta. Cada crujido al caminar, cada sombra acechando, cada susurro del viento, cada rama
que me rozaba, hacían que se me estremeciera cada parte de mi cuerpo. Llegué a un pequeño riachuelo,
en el que se reflejaba el denso cielo estelar y la luna llena. No sabía qué hacer. Estaba perdida, y no
tenía a nadie que me ayudara, así que me limité a tumbarme como buenamente pude y a contener las
lágrimas que me asomaban. Pero entonces, escuché un ruido que no era precisamente un silbido del
viento y me puse inmediatamente de pie. Agudicé el oído para adivinar su procedencia y mi asombro
fue enorme cuando vi que un árbol me estaba hablando.

-No estés triste, niña. Ven conmigo.

Lo miré con curiosidad, observando cada gesto y movimiento que hacía con sus ramas.

-Yo… No puedo. Tengo que volver a mi hogar.

-Seré tu nuevo hogar, aquí estarás mejor que en ningún otro lugar.

Tardé unos minutos en decidirme, pero cuando mágicamente se abrió una especie de puerta en su
tronco y vi el acogedor interior, no pude resistirme a entrar.

Pasaron algunos días hasta que me acostumbré a ese lugar, pero el árbol siempre me trataba con
amabilidad y cuidaba realmente bien de mí. Me divertía mucho con él y jugábamos a todas horas:
utilizaba sus raíces como toboganes, sus ramas como tirolinas, o sus hojas como colchonetas. La única
condición era que tenía que cumplir sus normas, que eran pocas, pero muy estrictas. No podía recibir
visitas, ni salir al exterior. Solo estábamos él y yo. No me pareció mal, pero cuando pasaron dos meses y
la necesidad de saber algo del exterior crecía dentro de mí, no pude evitar incumplir una norma.

Aproveché el momento de la siesta del árbol para escaparme, pero no salió del todo bien. Él tenía muy
buenos sentidos y nada más pisar la tierra del otro lado, se despertó repentinamente, devolviéndome
bruscamente al interior de su tronco. Parecía realmente enfadado y estuvo unos días bastante agresivo y sin querer jugar. Días más tarde me explicó que se sentía muy solo y que me necesitaba con él, y aunque yo quería volver con mi familia, decidí quedarme para hacerle compañía. Llegó el día de mi cumpleaños, y el árbol me hizo un regalo muy especial: una ventana para poder mirar hacia el exterior cuando me sintiera triste. Yo me alegré mucho y me conformé con ello, pero el tiempo pasaba, y comenzaba de nuevo a echar de menos el exterior. 

Recuerdo que un día me desperté más temprano de lo normal y como no quería hacer ruido, me senté a observar el bosque por la ventana. Vi de pronto un bonito ruiseñor que volaba de rama en rama sin ninguna preocupación. Era libre y feliz y por un momento sentí nostalgia. Entonces el árbol se despertó, yo me fui a preparar el desayuno y la mañana transcurrió con normalidad. Llegó la hora de la siesta y mientras preparaba la merienda, escuché una especie de toquecitos en la ventana y no tardé en acercarme. Al ver al pequeño ruiseñor no pude evitar sonreír y preguntarle:

-¿Qué haces aquí, pequeño ruiseñor?

El pajarillo, en cambio, parecía muy preocupado y con mucha prisa.

-Quizás es muy repentino, pero tienes que confiar en mí. Debes escapar cuanto antes de este lugar. El árbol puede parecer muy amable, pero es realmente posesivo y contra más tiempo pase, menos posibilidades habrá de que puedas escapar.

Mi sorpresa fue mayor cuando me ofreció una cuerda para que la atara al marco de la ventana y poder descender.

-Pero… El árbol no es malo. Este es mi hogar.

-Eso dijeron también los otros niños que pasaron toda su vida encerrados sin tener un mínimo contacto
con el exterior. Tienes que regresar con tu familia y tus amigos.

Lo pensé un momento, pero algo hizo click en mi cabeza y recordé cómo era mi vida antes de llegar aquí hace 6 meses. Tenía sueños que cumplir y una familia que recuperar. Acepté la ayuda del ruiseñor, pero las complicaciones no tardaron en llegar, el árbol se despertó y comenzó a agitar todas las ramas con una espeluznante fuerza.

-¡No te vayas, por favor! ¡No me abandones!

El ruiseñor me dijo que no le escuchara, y cuando por fin parecía que llegábamos abajo, el árbol me
atrapó con una de sus ramas.

-Nunca podrás escapar de mí. Soy tu mejor hogar, te guste o no.

Noté las lágrimas resbalar por mis mejillas, pero, ya cansada de rendirme, me armé de valor y usé el cuchillo que anteriormente estaba utilizando para hacerme un bocadillo y corté algunas de sus hojas. Este gritó de dolor y finalmente me soltó. El ruiseñor me guió atropelladamente por el bosque hasta que por fin pude divisar el camino que me llevaba de vuelta a casa. A mi casa de verdad. Me reuní con mis padres, quienes gritaron de emoción al verme y me abrazaron al instante. Mi vida volvió a la normalidad, aunque no volví a entrar en aquel bosque ni supe nada más del árbol.

Una mañana soleada estaba sentada en el patio de casa, cuando un silbido llamó mi atención. Me llené de emoción al ver que mi héroe me observaba tranquilamente.

-Querido ruiseñor, nunca pude darte las gracias por todo lo que hiciste por mí. Me salvaste y me
abriste los ojos a la realidad. Pero una duda me recorre por todo el cuerpo: ¿Por qué decidiste ayudarme sabiendo que el árbol podía encarcelarte también? Siempre fuiste libre y te arriesgaste por mí.

-Verás, niña, la cuestión no es lo peligroso o lo aterrador que pudo llegar a ser salvarte. Todos podemos llegar a ser héroes y si puedes hacer algo bueno por los demás, tienes la obligación de hacerlo.

Acto seguido, desprendió el vuelo y no volví a verlo jamás, pero siempre me sentí realmente agradecida. No sólo me había salvado de aquel árbol, sino de algo mucho más grande: la soledad. Una escapatoria tan fácil y tentadora, que a veces no nos deja ver la realidad.

PRIMER PREMIO DE NARRATIVA: BACHILLERATO Y CICLOS FORMATIVOS

Por Lucía Aguilera. 2ºB de Bachillerato





El calor y la humedad se mezclan en el aire y se impregnan con la crema solar en la piel pecosa de Marisa, que apoya el codo sobre el brazo de la silla de plástico. El cielo lo cubren extensos y densos nubarrones que no dejan pasar un solo rayo de sol. Envuelven el vecindario y casi parece que es lo único que existe. Los truenos, cada vez más seguidos y con menos potencia, estallan haciendo eco, rebotando en las barandillas, las verjas y las persianas de los chalés dispersos por la montaña. Su madre se acerca, arrastrando otra silla igual que la suya, de un verde oliva artificial y con el respaldo roto. Con la pierna izquierda corta, anda cojeando hasta Marisa. Se quita las sandalias de dos patadas, y las chancletas quedan dispersas por el extenso suelo de piedra que se eleva sobre la montaña. Su pelo corto y ondulado, blanco, blanco, blanco; está cubierto por una crema color violeta que lo pega al casco de la cabeza.

-¿Qué has hecho? – le pregunta su hija.

-Pilar estaba jugando con unos tintes que ha comprado en el pueblo y me he prestado voluntaria para la prueba. Ahora soy una abuela moderna -se ríen en alto-. Espera a que lo vea tu padre –Amalia, la abuela, se sienta con dificultad.

-Eso sí que quiero verlo. Ahora cuando vuelva le llamamos.

Pilar le grita a su madre desde las escaleras de la casa, escondida entre arizónicas y arbustos con flores venenosas, con el pelo en una masa mucho más espesa de color rojo anaranjado, parecido al atardecer.

-¿A que está guapa?

La adolescente llega con los pies descalzos, extiende la toalla a rayas en el suelo duro y deja al descubierto las plantas de sus pies. Negras, negras, negras.

-¿Es que no tiene zapatillas? –pregunta la abuela.

-Claro que las tiene. Bien que las pide en todos los colores y formas para luego no ponérselas.

-Entonces, ¿por qué vas descalza?

-Porque las baldosas de dentro de casa están frías -responde Pilar.

-Pues vas a coger algo.

Un trueno las interrumpe tajante, más cerca que antes.

-Va a empezar a llover –dice Marisa-. ¿Pasamos?

-¡Oh no, hija! Van a ser cuatro gotas. Y así no tienes que quitarte el cloro de la piscina.

Amalia se pone la mano en el pecho y respira con fuerza.

-Anda, Pilar. ¿A que me traes mi libro? El de la mesilla del salón.

-Voy. Pero ahora después me doy un baño bajo la lluvia.

-Qué poético –replica la abuela entre risas, dedicándole una mirada cómplice a su hija.




Llegado el momento, la tormenta amaina, Pilar se baña, Marisa despega el codo de la silla y pasea de lado a lado de la terraza y Amalia termina su libro. Las nubes aparecen y desaparecen, las hojas caen, la aurora y el crepúsculo se alternan. Amalia compra y empieza libros, hasta que comienza uno que no llega a terminar. El calor vuelve inevitablemente y en contra de la voluntad de Marisa, que encuentra a su madre en la luz de las mañanas de domingo en primavera, en el olor a limpio de su cocina y en los ojos de su hija.

-Ahora me gustan aún menos las tormentas –dice Pilar, apoyada en la barandilla.

Sobre la misma plataforma de piedra, madre e hija miran el horizonte. Una puesta de sol casi ocultada por nubarrones silenciosos. El color fuego del cielo y la tristeza en el pecho de Marisa parecen retroalimentarse. Se lleva la mano a la clavícula dorada y respira.

Siempre olía a ropa limpia. Siempre.

Pilar saca una caja de cigarrillos con un grueso letrero de “Fumar mata” y le ofrece uno a su madre. Ella lo rechaza y se coloca el pelo corto detrás de las orejas. El aire es ligero y la piscina refresca el ambiente. Marisa termina lo que queda de su bebida diluida en hielo y observa a su hija leer con el cigarrillo entre los labios. No puede contenerse y se lo reprocha.

-Pero si me los compraba ella –Sonríe Pilar.

-Ya decía yo que los que encontramos en su cuarto no podían ser suyos.

-Bueno, ella también se fumaba alguno de vez en cuando.

Marisa hace gestos exagerados, incrédula. Pilar levanta la mirada, verde, verde, verde, con los ojos llorosos. Unas líneas doradas brillan sobre su iris. Casi le parece verla en persona, buscándola desde otro cielo.

-Mi abuela era muy moderna. Y leía libros buenos.

Marisa se reclina a su lado, en silencio. Se sirve otra bebida, se diluye, la termina, Pilar termina el libro, el crepúsculo se convierte en aurora, tapan la piscina y tan sólo Marisa vuelve el julio siguiente.

Se refresca en la ducha exterior y mete la silla bajo el agua. No han destapado la piscina. ¿Para qué? Pilar la llamará en un par de horas, cuando amanezca en la ciudad europea en la que se encuentra, que puede ser perfectamente distinta a la de ayer. Marisa se envuelve en la toalla a rayas y se seca las manos con fuerza. La tarde todavía no ha caído, pero sabe que lloverá, lo nota en las rodillas. Abre el libro decidida, por el marcapáginas de la mesilla de su madre, y continúa la historia que ha encontrado en sus estanterías. Ha dejado de llorar las mañanas de primavera, y ha puesto un ambientador en la cocina. Pilar sigue teniendo los mismos ojos y ella lo agradece, porque ha tenido que aprender a apreciar a su madre en su ausencia.

- Espero que la gente tenga suficiente felicidad para ser dulce, suficientes problemas para hacerse fuerte, suficiente dolor para mantenerse humana, suficiente esperanza para ser feliz.

Le reconforta pasar las páginas y escuchar cómo suena el papel al bailar, porque así sonaba bajo sus dedos, y una sensación de herencia inversa, deconstruida y gratificante la invade al participar de lo que ha heredado de su hija, que su hija heredó de su abuela, que era su madre, y que al final ha llegado hasta ella.

PRIMER PREMIO DE NARRATIVA 3º Y 4º DE ESO

Por Nieves Lidón. 3ºD ESO.





El pitido característico del roce con el hierro irrumpe en la silenciosa estación haciendo que todo el mundo salga de sus pesimistas o esperanzadores pensamientos, dependiendo de a quién preguntes. Todo el mundo se levanta buscando con una mirada esperanzadora el tren causante de ese ruido. Cuando este se detiene un alivio común recorre la sala. “¡Por fin saldremos de aquí!”.

La gente avanza en avalancha hacia el tren arrastrando a todos los que nos hemos quedado rezagados. Me levanto de un salto y ayudo a mi familia a levantarse, o por lo menos lo que queda de ella, y a coger las cosas que logramos salvar antes de que cayeran las bombas. Dos bolsas de ropa y comida, solo lo básico para subsistir.

La marea de personas nos empuja y nosotros empujamos para conseguir subir desesperadamente a ese tren con miedo de que se vaya y nos deje aquí con las tropas rusas a la vuelta de la esquina. Así es el ser humano el miedo nos hace irracionales y nos obliga a pisotearnos unos a otros con el fin de ponerse a salvo. La ley del más fuerte, o más bien, el más rápido para salir a tiempo.

Cuando conseguimos subir al tren, nos acomodamos en unos asientos libres y colocamos el equipaje. Mientras tanto, mi madre nos cuenta con la mirada reparando en las dos personas faltantes y entristece su mirada. Mis hermanos y yo miramos con preocupación a mi madre ya recostada en su asiento recordando a sus hijos y marido. Mis hermanos mayores, Andril y Oxanna, y mi padre se fueron al comienzo de la guerra a defender el país en contra de la opinión de mi madre.”Ya nos defenderán otros, vosotros tenéis que cuidar de vuestra familia”; “si nosotros no protegemos nuestro país, ¿quién lo hará?”, contestaba mi padre.

Ya a buena hora de la noche cuando la paz ya recae sobre el tren me levanto tomar el aire, si eso se puede hacer en el tren. Desde que empezó la guerra no soy capaz de dormir, cada vez que cierro los ojos oigo las bombas caer y destruir mi país. Puede que ahora no las oiga pero sé que están allí.

Por lo que veo no soy la única que no puede dormir, dos señores mayores están jugando a las damas. Me acerco sigilosamente para no molestar la que parece una partida muy reñida. Después de quince minutos de juego la partida termina con la victoria de las blancas.

-Te he vuelto a ganar, Bohdan -se regodea el calvo.

-Tú siempre ganas, Mykyta -se excusa el jugador de las negras. Se me escapa un risita que me delata ante los dos compinches.

-¿De qué te ríes, niña? Ven acércate. No mordemos -se dirige hacía mí Bohdan.

-Es qué el señor se llama Mykyta -digo, señalándole-, que significa victoria y “siempre gana”...

-Una chica lista, no como tú, Bohdan -contesta, riéndose.

-¿Cómo te llamas, guapa? -pregunta su amigo, ignorando la broma.

-Anastasiya -contesto, pronunciando mi nombre en alto por primera vez desde hace mucho tiempo.





A la mañana siguiente, cuando vuelvo a mi asiento, mi madre y mis hermanas ya están despiertas y aseadas. Y para mi sorpresa, están comiendo gustosamente, sin miedo a que se acabe la comida. Cuando me acerco a mis hermanos pequeños, se le iluminan los ojos y se levantan a darme un abrazo.

-Mira Siya, nos han traído comida los buenos. ¡Nos van a salvar y papá, Oxana y Andril podrán volver a casa! -Se me ensombrece la mirada. Una niña tan pequeña no debería saber lo que es pasar hambre y ver cómo se marcha su familia a morir en la guerra.

-Claro que sí, Inha -contesto deseando tener su optimismo.

Después de tener la mejor comida que he probado en semanas, me siento y observo el paisaje pasar, que es lo único que delata dónde estoy: en un tren que nos lleva hacía nuestra nueva vida.

Cuando pierdo la cuenta del tiempo que llevo sentada observando el paisaje, una vibración en mi bolsillo me devuelve a la realidad. "¡Mi móvil!"

El teléfono fue una de las pocas cosas personales que conseguí salvar y me había olvidado completamente de él. Enciendo la pantalla y la luz deslumbra mis ojos, ya acostumbrados a la penumbra de la estación.

Deslizo el dedo pasando de pantalla en pantalla, intentando recordar para qué servían cada una de las aplicaciones. Instintivamente, mi dedo se va hacia el símbolo de Instagram, donde tengo una notificación; esto me sorprende, porque en la estación no había internet. Circulaban rumores de que los rusos habían interceptado la señal con algún tipo de aparato tecnológico. Pero lo más probable, como mi madre, que es científica, decía: algo había caído sobre el cable de corriente por el efecto de las bombas. Aunque eso no importaba, lo importante era echarles la culpa a los rusos.

Círculo un buen rato por las redes sociales y no me dejan de aparecer noticias y mensajes en contra de los rusos, mensajes de odio, de muerte. Esto me enfurece sorprendentemente, es verdad que los rusos nos están invadiendo y matando a nuestra gente, pero antes eran nuestros hermanos. En el instituto yo tenía una amiga que era rusa y conocía a sus padres, y por mucho que lo intente no soy capaz de imaginarlos con un tanque arrasando mi ciudad. “Esta guerra no es culpa del pueblo ruso, ellos no tienen voz ni voto. Ha sido y es decisión de su asqueroso presidente y las altas esferas. No podemos pagarlo con los ciudadanos”.

Mientras reviso en periódico, como todas las mañanas cuando estaba en casa, me llama la atención un título: “Una gota de pura valentía vale más que un océano cobarde”. Es la frase que contesta un soldado ucraniano cuando le preguntan por qué va a la guerra si podría morir cuando es entrevistado por los medios. Es lo que diría mi padre.

Tiempo después, mi madre se acerca y se sienta a mi lado haciéndome compañía. Aunque tengo la sensación que ella lo necesita más que yo. Tiene los ojos hinchados de tanto llorar y su bonito rostro se ha estrechado por culpa de semanas sin comer.

-Estoy orgullosa de ti -Su voz suena más áspera de lo que recordaba-. Ahora eres la mayor y tienes la responsabilidad de cuidar de Inha y Yakiv -Se detiene un momento y me mira.

Como ve que no digo nada, continúa:

-Sé que te gustaría haber ido con papá a luchar en la guerra, pero eres de más ayuda aquí, con nosotros.

-Gracias, mamá, estoy muy feliz de haberme quedado contigo -Intento sonreír porque sé que lo está pasando mal y me necesita.

Se ve que lo he hecho mejor de lo que pensaba, porque se va satisfecha.

Esa noche, ya entrando en Polonia, tomé una decisión: si no podía ir a la guerra como mi padre, encontraría la manera de ayudarle desde aquí y cuidar de mi familia al mismo tiempo.

Me desperté cuando el sol ya había salido, sin recordar haber escuchado las bombas. Debe ser que tenía remordimientos por no haber ido con mi padre, pero ahora sé que no hace falta ir a luchar para ayudar en la guerra. Todos podemos hacerlo de una forma u otra, solo hace falta encontrarla.

Horas después, llegamos a la estación de Polonia, a nuestro nuevo futuro, nuestra nueva vida en la que estoy decidida a ver lo mejor de la gente y ayudar a parar la guerra y reconstruir mi país

domingo, 26 de abril de 2015

CONCURSOS LITERARIOS DEL DÍA DEL LIBRO 2015. Relatos ganadores.

El pasado 24 de abril  tuvo lugar la entrega de premios de los concursos literarios convocados para celebrar el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte de El Quijote.
Los alumnos pusieron a prueba su ingenio para redactar unos relatos que debían incluir algún breve fragmento de la obra de Cervantes. Este ha sido el resultado.

Ganador del concurso de relatos 2015.
Alumnos de 1º y 2º de ESO.

Autor: Alejandro Organista. 2ºF ESO.

Crónicas: el exilio desde la isla

Y dijo al secretario  que, sin añadir ni quitar cosa alguna, fuese  escribiendo lo que él le dijese, y así lo hizo, y la carta de la respuesta  fue del tenor siguiente:

Querido conde:
No voy a relatar una buena nueva, pues en este año de gracia del Señor, el MDCX, ha tenido lugar una invasión de unos bárbaros, comandados por el mercenario Gumersindo, que está sustrayendo la ínsula de mi poder.
Aunque hemos rogado a Dios, no hemos conseguido derrotarlos, pues su número es tan extenso, que no existe número tan grande en el lenguaje humano para nombrarlos.
Y os pido a vos que solicitéis a su Majestad el envío de un ejército fuerte y bien armado, pero ante todo numeroso.
Es tal la situación que nuestros vasallos están escapando de la ínsula en ocasiones sin sus ancianos o enfermos.
Temo verme abocado al exilio desde la isla, y que la invasión se extienda a otras tierras y señoríos con la consiguiente carnicería.

Sancho Panza
  


Accésit del concurso de relatos 2015.
Alumnos de 1º y 2º de ESO.

Autor: Pablo Ruiz Cuzado. 1ºF ESO.

A un lado del patio estaba puesto un teatro y dos sillas, sentados dos personajes, que por tener coronas en la cabeza y cetros en las manos, daban señales de ser algunos reyes, ya verdaderos, o ya fingidos. Al lado de este teatro, adonde se subía por algunas gradas, estaban otras dos sillas, sobre las cuales se encontraba un hombre vestido de vivos colores, que, por el aspecto de sus vestimentas debía de ser el bufón y el otro asiento estaba vacío ya que la persona que instantes antes había estado en él se había levantado para dirigirse a los reyes, y con voz solemne les anunció:
-          Desde todos los rincones del mundo, a veros vienen artistas, que para vuestra diversión realizarán sus mejores trucos.
Una larga fila de personas de los más diversos aspectos subió al escenario, algunos cargaban con instrumentos, otros sin embargo no portaban objeto alguno, incluso una había que afirmaba domar serpientes.
Cuando las personajes actuaron, los reyes se limitaron a hacer gestos y a comentar entre ellos; solo parecieron más interesados cuando un acróbata de aspecto oriental realizó todo tipo de piruetas sin que un gesto delatara el esfuerzo que había tenido que emplear.
Actuación tras actuación la fila menguaba de tamaño, hasta que terminó por desaparecer, cuando esto ocurrió, los reyes se levantaron y sin decir palabra se marcharon, mientras escuchaban el sonido de los aplausos frenéticos del público.



Ganador del concurso de relatos 2015.
Alumnos de 3º y 4º de ESO.

Autora: Isabel Alegre Arance. 4ºB ESO.

¿Por qué?
El estruendo de la batalla invadía sus oídos. Oía lamentos, gritos, llantos, muerte; todo ello rodeándolo. Su corazón, golpeaba su pecho al ritmo de las armas, arrancando almas por precios que no merecían la pena.
El polvo se metía en sus ojos, haciéndole llorar; aunque en ese instante, no sabía si lloraba por el polvo de la dura batalla o por el dolor de su nueva existencia entre aquellos hombres. O, a lo mejor, era la certeza de que la muerte se aproximaba a él demasiado rápido.
En fin, no sabía ni por qué lloraba, ni por qué sufría, ni por qué llevaba un arma entre las manos, ni si quiera sabía por qué estaba allí.
Era la primera batalla que veía de cerca, y llevaba alrededor de una hura aferrado al frío metal de un arma que no había detonado, suplicando el regreso a casa. Su casa… los recuerdos de su madre y sus hermanos pequeños invadieron su mente con rapidez. Él, que se creyó infeliz alguna vez por tener que cuidar a sus hermanitos, o se había sentido agobiado por la cercanía de su madre… Y ahora estaba en aquel infierno.
Ni siquiera podía luchar por aquellos al os que más quería.
De repente, el sonido del fuego se hizo más intenso, y un hombre cayó cerca de donde él estaba agazapado: detrás de unos sacos de arena que decían protegerle. El olor de la sangre inundó sus sentidos por entero, algo más seca de lo normal por el polvo del suelo.
Ahora aquel hombre que abrazaba a la muerte captaba toda su atención. Se acercó a gatas. Se quedó mirando sus ojos vidriosos y sin vida hasta que no pudo más y tuvo que cerrárselos, entrando en contacto con su piel, que se iba enfriando poco a poco, olvidando el recuerdo de la vida. Ni siquiera sabía quién era ese hombre al que contemplaba morir. Una solitaria lágrima dejó un pequeño camino entre la suciedad de su rostro.
¿Qué hacía allí realmente? ¿^Por quién lloraba? ¿Con quién luchaba? ¿A quién mataba? ¿Por qué estaba allí?
Muchas veces se había preguntado el porqué de la vida. Ahora se preguntaba el porqué de la muerte.
Enfadado con su cobardía, con la vida y con la muerte, con Dios si es que lo había, en los gobernantes…; con todo, se puso en pie, agarró su arma con furia y se puso en el frente para disparar. Sus pies estaba bien fijos en el suelo, su mente bien fija en el blanco y su dedo bien fijo al gatillo. Y entonces, hizo lo que le habían ordenado: disparó.  Disparó a discreción. No se paró a pensar en las vidas que arrancaba, ni en las familias que destrozaba. Se comportó como un auténtico autómata, eso es lo que querían los que le habían mandado allí. Mató tanto a personas, tanto a su propia moral, hasta que no le quedó creencia alguna.
Tan centrado ha´bia estado en su fatal tarea que no se dio cuenta de lo que pasaba a su alrededor; no se dio cuenta hasta que una bala se abrió paso en su pecho. Oh, maldita y certera muerte.
Consciente de que serían sus últimas palabras, se dio la vuelta pausadamente y pronunció su sentencia:
-          ‘¡Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente! Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas…’
Con estas últimas palabras, algo incompletas, tomó su último aliento, su corazón latió por última vez, y su cuerpo cayó al suelo, recibiendo a la muerte, finalmente.
Y, entonces, la parca le presentó los porqués de la infinita muerte.



Accésit del concurso de relatos 2015.
Alumnos de 3º y 4º de ESO.


Autora: Alba Rodríguez Romero. 4ºA ESO.

Contrato

Hoy os contaré la historia de cómo reviví, de cómo volví del inframundo a la Tierra.
Mi nombre es Thomas Time y morí una tarde del mes de abril. Quedé con mi amada Sonia aquel día y después de cenar volvimos a nuestro hogar. Ella sacó un puñal y me clavó tres puñaladas en la espalda. Cuando morí, dos ángeles negros vinieron a por mí y me llevaron a los pies de Satanás y le dije.
-No merezco estar aquí, necesito vengarme antes de morir.
Satanás me dio a elegir entre dos opciones:
-Te dejaré vengarte de tu amada pero después volverás a la muerte y dirigirás las ínsulas donde se encuentras los bastardos. O volverás a la vida pero nunca volverás a dormir y tendrás todos los efectos que un humano suele tener con insomnio.
Yo elegí la primera y, de repente, nada más decir que elegía el primer trato, apareció un libro y un bolígrafo delante de mí para que firmase. Hice un garabato lo más parecido a mi firma, ya que los nervios no me dejaban mantener el pulso firme.
Satanás llamó a Sadme, un ángel bastante atractivo, y me llevó a las puertas del inframundo para pasar a la Tierra.
-                     -¡‘¡Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente! Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas pero deseo vengar mi muerte y que así sea. Así que abridme paso  que aquella persona a la que yo solía llamar Cielo hoy bajará al infierno y permanecerá conmigo para siempre!- dije.
Pasé por un portal lleno de luz y de humo donde solo me podía guiar una voz que decía.
-Ven, sígueme.
Cuando entré en el mundo de los vivos estaba en el momento exacto antes de mi muerte. Sonia estaba sacando el puñal cuando me di la vuelta y luché por conseguirlo y, sin darme cuenta, nuestro forcejeo hizo que Sonia, descuidadamente, se clavara el puñal en el pecho.
Yo no deseaba esto. Tan solo quería sentir lo que ella sintió cuando me mató, pero yo sentía pena por haber matado al amor de mi vida.
Me tiré encima de ella y llorando en su pecho se me apareció el demonio con su sonrisa y nos llevó a rastra bajo tierra.
Ahora me encuentro gobernando esta isla donde no hay más que guerras. Las ciudades se encuentran en llamas y aunque muerto, no siento el calor del fuego, odio ver cómo la belleza de la vida se ha marchitado.
Sonia se encuentra maniatada en una de las mazmorras del Dios de los infiernos y, de vez en cuando, la veo cuando la saca de su guarida para satisfacer los deseos de mis ciudadanos.
Y aquí y ahora sentado en mi trono, me encuentro en mis aposentos y rodeado de todo lo que siempre quise tener me pregunto ¿por qué me quiso matar? ¿Qué pasaría si no la hubiese matado? ¿Por qué me estoy arrepintiendo? Y lo peor de todo, ¿por qué todavía la amo?



Accésit del concurso de relatos 2015.
Alumnos de 3º y 4º de ESO.


Autora: Lydia Suárez Rodríguez 3ºC ESO.

Oídos creyentes a falsas justificaciones
Al amanecer, cuando las nubes ya empezaban a disminuir en el cielo, permitiendo asomarse el sol y sus primeros rayos de luz, iluminando el diminuto pueblo de tan solo trescientos habitantes, resonó la trompetilla del pregonero, creando una estridente melodía de fondo, junto a los constantes sonidos del gallo. Hoy era un día muy importante, dado que se iba a llevar a cabo un asunto que llevaba días rondando por las bocas de todos los habitantes. Dargun, un hombre robusto, de ancha espalda, facciones duras y decisivas, era un ganadero muy dedicado a su trabajo a lo largo de sus días. Sin embargo, al pobre y desdichado individuo le habían sustraído las tierras, las cuales no podía recuperar, y muchas veces había presentado ya bastantes quejas contra el gobernador. El azabache cabello le caía a los lados del rostro, mugroso y con unos toques canosos a causa de la edad. Dargun, no vivía solo, de hecho tenía una mujer que se dedicaba a cumplir con sus obligaciones en el hogar; más sus dos hijos, una niña de ocho años y un varón de seis.
Para hoy, que se concentraba en la plaza un juicio, vestía con una camisa harapienta y unos pantalones raídos, medio cortos que le llegaban hasta los tobillos. Tras despedirse de su esposa, Dargun emprendió su camino hasta la plaza, por cada paso que daba, más digno y firme se mostraba, dando a entender que lograría por sus propios medios salir ganador en esta competencia verbal.
Una vez hubo presentado, sin pasar del todo a la plaza, a sus oídos llegaron las voces de todas las personas que se hallaban reunidas en un corro, alrededor de las sillas. El ganadero avanzó seguro y decidido. Escasos segundos después, acudió el acusado y luego, acompañado por sus diez súbditos y una fila de cinco soldados, apareció el gobernador, vestido con unas ropas más dignas de un monarca. Ambos, el acusado y el ganadero, se sentaron sobre las sillas de madera, ya más anticuadas. Con voz raspada y tosca, el gobernador habló:
-Vos, hombre dedicado al cultivo y la ganadería; y vos, el ladrón que ha osado hacerse con las tierras del señor, hablad ahora.
Con total seguridad, Dargun habló.
-Mi señor, ha sido ese impostor, mi propio vecino quien ha robado mis tierras. Le pido, por favor, que me las devuelvan, pues mi esfuerzo mereció la pena por ellas.
El acusado, que habló sin permiso, respondió:
-¡Miente! No fui yo quien cometió tal audacia, mis manos no son las de un ladrón, pero mis palabras son honestas.
El público estalló en comentarios atroces y el gobernador los mandó callar.
-¡Silencio, pueblo! Si es así,  si el acusado es sincero, pues al parecer no ha cometido robo alguno, lo liberaremos sin más y creeremos en su palabra.
Fue en ese instante el en que Dragun explotó, carcomido por la furia.
-            Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la iré a buscar al cielo! Señor gobernador de mi  ánima, este mal hombre me ha cogido en la mitad dese campo. Lo ha impregnado, ensuciado, robado y vos creéis más en su falsa palabra.
Cuando dijo todo aquello, ya el propio gobernador se había desentendido, yéndose, alejándose con sus más fieles perros.
Dargun había vuelto a perder.



Ganador del concurso de relatos 2015.
Alumnos de 1º y 2º de Bachillerato.

Autor: Antonio Saiz  Panduro 2ºD.

¿Por qué?

Fulminado. Esa sensación que entra y rompe todo. Rompe las últimas reservas de fuerza y aliento. Rompe eso en pequeñas partículas; átomos que se van y dejan solo vacío. Y es que, cuando te dicen que tras las últimas pruebas médicas de la semana pasada han encontrado un serio tumor en ut cabeza, todo se vuelve oscuro. El médico sigue con su charla de compasión, pero tú, solo, sin nadie con el que puedas compartir esta horrible situación. Estás perdido. Y cuando oyes el tiempo para que tu vida acabe: no encuentras escapatoria.
Tres meses. Se dice pronto y pasa aún más rápido. Este es el momento oportuno para decir que todo me da igual y que emprenderá un viaje de experiencias y sensaciones por el maravilloso mundo en el que vivo, pero, en realidad, no será así. Ya está todo hecho, el lunes entrará por la puerta del hospital y todo quedará atrás. Pero, ¿qué todo?
De repente, viene a mí un maremágnum de recuerdos, pero no bonitos, no; recuerdos de discusiones, soledad, fracasos y grandes decepciones; y me doy cuenta de que no soy nadie ni con nadie. Me acuerdo de cuando discutió por última vez con mis padres, de mi salida de casa, de mis noches durmiendo en la calle y de mi fracaso en la brillante carrera que estaba haciendo. Un cúmulo de malas decisiones que yo mismo decidí tener como memorias de una vida a capella y sin subidas ni bajadas, sino en un enorme desplome que dejó todo lo que yo era en ruinas.
Me dirigen a una habitación por el enorme laberinto que forman los pasillos del este hospital. Llegamos a la planta de oncología, y el ambiente no puede ser más deprimente. Gente enferma, muy enferma. Médicos de una habitación a otra, y enfermeras quejándose de lo desagradable que es tratar con los hospitalizados: “Come poco  y cena más poco; que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago”; “Se le está yendo la cabeza al pobre y qué pena”. Todo anuncia tres últimos meses aún peores que mi rutina anterior, soportando una enfermedad que comenzó siendo un simple dolor de cabeza y que ahora me está destruyendo. Consumiendo  lo poco que quedaba de mí. Y todo este martirio en soledad, como siempre desde hace cuarenta años.
Pasó el tiempo y la pena que sentía era insoportable. Estaba pasando los últimos días de mi vida encerrado en una sosa habitación y dándome cuenta de lo poco que había vivido. Siendo consciente de que en mi vida no había encontrado nada que me hiciera feliz, por tonto, por idiota, imbécil, gilipollas, ciego. Había vivido con los ojos cerrados, con el egoísmo corriendo por mis venas y el desprecio por bandera. Una vida vacía de momentos y personas. Y todo por mi culpa, por elegir el camino incorrecto; porque todo son elecciones que haces tú y tú tienes la responsabilidad. Naces con la misión de ser consciente con lo que haces para convertir tu cuerpo hueco en una persona con espíritu, lleno de magia y movimiento. Pero y había elegido ser un organismo inerte.
¡Qué día más malo estaba pasando! Para colmo, era una jornada de lluvia triste y melancólica. Estaba mirando por la ventana cuando oí la puerta abrirse y supuse que era la enfermera, pero resultó ser una niña de la sección infantil. La pobre también tenía cáncer y su vida se estaba consumiendo tan rápido como la mía. No sabía por qué había venido a mi habitación, se sentó am i lado y decidió hacerme sonreír.  Alegrar mi rostro era una acción que hacía bastante tiempo que había olvidado. La niña me acarició la mejilla y me miró con una ternura que no sentía desde mi infancia. Se fue volando, simulando ser un pájaro. Yo permanecí sonriendo. Aquella pequeña enferma había sido capaz de hacerme sentir alegre y querido. No la he vuelto a ver, pero solo con su efímera visita, logró que yo volviera a saber qué era la felicidad con algo tan pequeño. No quedaba ni siquiera una semana para el final de mi historia y, al menos, me iba con aquel bonito recuerdo guardado como un gran tesoro. Un pedacito de vida que siempre quedará dentro de mí.





Accésit del concurso de relatos 2015.
Alumnos de 1º y 2º de Bachillerato.


Autora: Paloma Castillo Labrada 1ºEB.

Es cierto, la vida no es fácil para nadie; ni lo fue en ningún momento. Las personas crecemos, nos alimentamos de recuerdos y así aprendemos a ser mejores. Uno de esos recuerdos cambió mi vida, y en cierto modo, fue la primera vez que abrí los ojos a la idea de que no es tan difícil vivir.
Algunos cuentan que era un niño asustado, perdido y de mala experiencia, motivo por el cual enloqueció. Se hacía llamar el Soñador o, al menos, todos le llamaban así. Su mirada era oscura, diferente, misteriosa…, sencillamente grande. Recuerdo que no era demasiado cariñoso, pero tenía un gran corazón. Al fin y al cabo la humildad se asemeja a las estrellas, cuanto más buscan la oscuridad en el cielo, más brillan. Sin duda el Soñador deslumbró en el corazón de más de medio mundo.

La esquina del arrepentimiento:
El Soñador vislumbró a un hombre en tiempos honorable y ahora perdido en el alcohol, castigado al olvido del mundo. Su aspecto era descuidado y su espalda retorcida se apoyaba en la pared para sostener su desesperación. Su mano se aferraba fuertemente a un pequeño pañuelo y su gesto era inexpresivo, quizás incapaz de expresar tantos sentimientos. El Soñador se acercó al hombre y le preguntó:
-¿Por qué bebes? ¿Necesitas perder el juicio para olvidar?
-Yo estoy loco, yo no tengo juicio y no tengo que olvidar nada.
Y en esto, el Soñador se marchó. Había dejado una pequeña nota que decía: “Loco es aquel que ha perdido todo menos la razón”.

El tren de la duda:
En la estación de Atocha un hombre se asomaba a las vías del tren. Su mirada asustada parecía esperar algo, y entonces el Soñador descubrió que aguardaba el momento de saltar, el momento de derrumbarse en el vacío del olvido. Entonces el Soñador se acercó al hombre y habló con él en tono amistoso:
-¿Qué tal, buen hombre? Si esperas algún tren tengo aquí los horarios por si los necesitas.
Entonces, el hombre salió corriendo y se colocó al otro lado del andén. El Soñador empezó a gritar: “¿No piensas que hace un día muy bonito? Es una pena no volverlo a ver. Eso es una locura. Mírame a mí, yo estoy loco y no dejaría que un tren pusiera un final triste a mi vida.”
El hombre asustado pero más tranquilo comenzó a caminar alejándose del tren, del miedo y de la inseguridad. El Soñador se acercó a él y le dejó una nota que decía: ‘¡Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente! Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas… Yo no nací para ser yo.

La princesa:
El Soñador observó a una niña abandonada a su suerte. Tenía el cabello largo y los ojos oscuros, tan oscuros y tristes que sin saberlo muy bien, empecé a sentirme triste yo también. El Soñador se acercó y le preguntó:
-¿Cómo te llamas, princesa?
Pero la niña no contestó. El Soñador cogió su osito de peluche, aquel que nunca le dejaba solo y que siempre alcanzaba cuando sentía miedo, Dándole el peluche, el Soñador mencionó: “Nunca te abandonará”. Y en esto se marchó.
Estimado lector, siento no haberme presentado: soy escritora y me llamo Princesa. Ahora ya sé quién soy, soy alguien gracias a un hombre que me enseñó que no era diferente. Pero esta no es mi historia, sino la de un hombre que murió como un loco y es así como el Soñador apareció en todas las televisiones. El día de su muerte fue símbolo de respeto en más de medio mundo: murió como un loco y fue honrado como un gran héroe.