La confusión de su mente le hacía sufrir intensamente. No podía sostenerse en pie y tuvo que sentarse porque las piernas le flaqueaban. Llovió durante media hora. Su asombro al recordar lo ocurrido crecía cada vez más. Imágenes distorsionadas en su cabeza, recorriéndola con flashes obtusos, le arrastraban fuera del alcance del presente. Sentía sus extremidades convulsionar como poseídas por una sensación cuyo significado siquiera alcanzaba a discernir. Su cuerpo luchaba por instinto para mantenerse con vida a cada latido, a cada instante que reservaba. Pero sus pensamientos le habían matado hace mucho tiempo.
Se sujetó con la mano zurda al extremo de una mesita de noche y, a duras penas, obtuvo estabilidad. Al menos, por unos segundos, pues su cuerpo oscilaba de derecha a izquierda tan lenta como monótonamente. En el intento efímero de aparcar su situación en las lejanías de su memoria, pasó su ojerosa mirada al reloj de muñeca. Rondaban las cuatro y media de la madrugada. Emitió un suspiro hondo, un suspiro cansado que divagó por el ambiente unos segundos, los mismos en los que él se encaminó en dirección a su escritorio. Atravesó así los tintes de luz blanquecina, cuya estela transitaba pesadamente por el cuarto desde la ventana.


